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Memorias de un despedido
Desde
que entré a trabajar en aquel hipermercado, siempre tuve la sensación
de que sería un lugar de paso para mí, un cruce de caminos que me
llevaría luego a otro sitio, aunque jamás hubiera imaginado el infierno
en el que tiempo después me encontraría ni la forma tan lamentable
de salir de allí. Pongamos que esa empresa se llama Rotonda y que yo
me llamo Jaime.
Para
empezar, alguien que se ha llevado toda la vida estudiando (licenciatura
de Psicología incluida) nunca espera o desea que la hora de su jubilación
llegue tras años cobrando cartones de leche y lechugas por una caja
de lunes a sábado y algunos domingos y festivos, con todos los respetos
para los profesionales que se dedican a ello, pero al fin y al cabo,
no era un trabajo que guardara la más mínima relación con lo que
yo había estudiado, y eso, después de muchos años de estudio, frustraba
a cualquiera.
Un
contrato de cajero de 20 horas semanales tenía el inconveniente
de todo lo que suponía un sueldo escaso, aunque te
permitía compaginar más fácilmente tu tiempo con otras actividades.
Aparte estaba en el Rotonda San Pedro, a menos de diez minutos en coche
desde mi casa. Fueron varios meses trabajando como cajero, normalmente
en jornadas de tres horas, con lo que apenas había ocasión para enterarse
o ser consciente de lo que ocurría allí dentro. Poco después de acabar
el contrato, me llamaron de nuevo para trabajar allí mismo, pero esta
vez con otro cometido: estaría en el departamento de finanzas y seguros
cubriendo una baja por enfermedad a 26 horas semanales. Me sorprendía
que hubieran pensado en mí para ese puesto: no tenía ninguna experiencia
ni relación con temas de seguros ni financiaciones. Aparte, era un
trabajo (todo el que tiene que ver con agentes de seguros) que, a priori,
hasta detestaba, seguramente porque tenía la imagen del vendedor enchaquetado
que deambula por las casas llamando a los timbres a horas intempestivas
intentando convencer a los vecinos de que su producto es el mejor y
el más barato a la vez. Sin embargo, aquí se trataba de un departamento
que se situaba en el mismo hipermercado, con lo que no habría que perseguir
clientes, sino que se trataba de aprovechar la visita de estos en sus
compras para atraerlos.
Desde
el principio fui testigo de situaciones irregulares. Para empezar no
me dieron ninguna formación específica. Siempre había creído que
para saber lo que es un T.I.N., un T.A.E., una prima de seguro, el continente
y contenido de una casa, un tomador, etc. hacía falta alguna preparación.
Sin embargo, allí creyeron oportuno que yo aprendiese a base de preguntar
a mis compañeras (que bastante paciencia tuvieron). Al fin y al cabo
¿para qué me iban a formar como agente de seguros y financiaciones
si mi contrato seguiría siendo de cajero" Sí, han leído bien,
el mío y el de todos los empleados a nivel nacional que se dedicaban
(y dedican) a la venta de seguros y financiaciones en hipermercados
Rotonda tienen contratos de cajeros (por el
Convenio de Grandes Almacenes), pero hacen funciones de agentes de seguros
y financiaciones (dejando de lado así
el Convenio de Mediación en Seguros Privados y
el Convenio de Establecimientos Financieros de Crédito, mucho más
ventajosos y avanzados), así que imagínense el ahorro para la
empresa y lo que esos cientos de trabajadores están dejando de ganar.
Aparte, aunque estén contratados por Centros Comerciales Rotonda S.A.,
trabajan para otra empresa, Correduría de Seguros Rotonda S.A. Parece
una cesión ilegal de trabajadores en toda regla, pero hasta ahora los
intentos por tirar de la manta han sido silenciados y quienes tienen
el trabajo de aplicar la justicia han mirado para otro lado.
En
fin, así pasé varios meses entre financiaciones y seguros, a cargo
de la coordinadora, Lola Ostos, que a su vez dependía del jefe regional,
Gustavo Sanz, que controlaba todos los stands de finanzas y seguros
de Andalucía Occidental. Lola era conocida por sus asombrosos resultados
en ventas de seguros: podía llegar alguien preguntando por el precio
de un jamón y salir con un seguro de vida bajo el brazo (no siempre
siendo consciente de ello). Sus métodos posiblemente no eran muy
correctos desde el punto de vista ético (¿de verdad les preocupa a
las empresas los problemas morales para la consecución de objetivos"),
pero sus resultados estaban a la vista: San Pedro era la tienda de Rotonda
donde más seguros se hacían a nivel nacional y Lola tenía mucho que
ver, aunque para ello sólo tuviera que preguntarle a un cliente "¿quiere
que le mande a casa una información de un seguro dental"", a
lo que solían contestarle afirmativamente la mayoría de las veces
pensando el cliente con inocencia que sólo se trataba de una información,
un folleto o algo así. Cuando el cliente se daba la vuelta, ella aprovechaba
para capturar sus datos de la pantalla (para algo servía la tarjeta
Rotonda) y, sin firma ni consentimiento, darle de alta la solicitud
de seguro dental para que luego al cliente le cobrasen todos los meses
casi diez euros. Por supuesto que luego venían los clientes, más o
menos enfadados, anulando dichos seguros, pero el bolsillo de Lola ya
estaba repleto para entonces. Una tarde llegué y ella me contó riendo
que durante la mañana otra compañera y ella habían hecho una competición
para ver quién hacía más seguros dentales con aquel método. Hicieron
más de veinte en pocas horas y, por supuesto, Lola, fue la vencedora.
Precisamente
fue Lola, que además pertenecía al comité de empresa de allí, la
que un día me dijo que estaría bien que me afiliara a su sindicato,
FÉTIDO (jamás había escuchado hablar de él), que todo el mundo lo
estaba, así que me afilió sin ninguna reticencia por mi parte.
Yo, por entonces, era un ignorante en materia de derechos laborales
y de sindicatos, y me parecía que si todo el mundo estaba afiliado
a FÉTIDO, sería bueno estarlo yo también. Al fin y al cabo, se supone
que ahí estaban para defender mis derechos y
que otros sindicatos "más famosos" para mí no tenían representación
allí por motivos que desconocía.
Con
Gustavo, el jefe regional, la relación en San Pedro conmigo fue muy
correcta y cordial. Un tipo tan serio que parecía tener un dolor de
muelas crónico, nunca se entrometía en asuntos internos de organización,
ni en el funcionamiento diario del departamento (cambios de turnos entre
compañeros de mutuo acuerdo, días libres, horarios, fechas de vacaciones,
etc.), confiaba en todos nosotros y siempre estaba dispuesto a ayudar
si alguien lo necesitaba. Ésta era su cara del Dr Jekyll, porque la
de Mr Hyde estaba aguardando para aparecer meses más tarde en otro
lugar, pero no adelantemos aún acontecimientos.
Pasó
casi un año y finalizó mi contrato por la incorporación de la persona
a la que yo sustituía. Entonces, poco antes de terminar, Gustavo tuvo
una charla conmigo y me propuso trabajar en el stand de Finanzas y Seguros
de Tres Cuñadas (cuyo coordinador, Álvaro Ríos, acababa de promocionar
como jefe al Rotonda de Castaña) en las condiciones de indefinido y
a 39 horas semanales. Me parecía estupendo: a mis 33 años sería el
primer contrato indefinido de mi vida. Acepté las condiciones y Gustavo
me avisó de la situación que iba a encontrar en Tres Cuñadas. Me
aconsejó que no me dejara "pisar" por los compañeros que
iba a encontrar allí, y me habló muy negativamente de todos ellos,
empezando por Consuelo Ruiz, de quien me dijo que, como delegada sindical,
estaba "casi siempre de horas sindicales" entre otras cosas,
y también criticó a las otras dos compañeras, Consuelo Narváez y
Raquel, diciendo al final que me iba a encontrar con "tres brujas".
Luego me habló de mi futuro compañero, Fernando. De él me dijo que
tuviera mucho cuidado, porque, aunque era un buen trabajador y vendedor,
se trataba de "un enterado", y me pidió que no me dejara
pisar ni por él ni por las otras "tres brujas". Me dejó
claro entonces que tenía una actitud y una predisposición muy negativa
hacia las personas que se quedaban en aquel stand tras la salida del
anterior coordinador.
Un
día antes de incorporarme a Tres Cuñadas, me llamó Gustavo para avisarme
que, aparte de todo, había roto relaciones con el director del mismo
centro, Juan Andrés Jilguero, así que me pedía que no me asustara
si me encontraba un ambiente hostil. Recuerdo que hablé ese día con
Lola y le dije "me siento como si me fuera a Bosnia".
¿Con qué ganas iba yo a un lugar donde
estaría rodeado no sólo de tres brujas y un
enterado, sino de toda una tienda en guerra contra el departamento
a donde me disponía a trabajar"
Empecé
mi etapa en Tres Cuñadas y no tardé mucho tiempo en darme cuenta que,
lejos de la situación horrible y apocalíptica que me había dibujado
Gustavo, mis nuevos compañeros eran gente encantadora, responsable
y muy profesional. Colaboraron perfectamente para que yo me integrara,
o casi podría decir que me sentía integrado desde el principio. Entonces
empecé a descubrir que aquel stand había vivido un tiempo largo de
conflictos internos que, con la salida de Álvaro, el anterior coordinador,
y la incorporación pocos meses atrás de Fernando y luego la
mía, el ambiente mejoró enormemente hasta el polo opuesto y durante
todo el tiempo formamos una piña los cinco compañeros que conformábamos
aquel stand.
En
seguida fui siendo consciente de que la actitud de Gustavo con aquel
departamento era muy distinta a la que yo había conocido en San Pedro.
Ahora en Tres Cuñadas, Gustavo tenía una actitud de pasotismo con
nosotros, nos llamaba poco y raramente aparecía, demostrando poca preocupación
hacia sus cinco empleados de Tres Cuñadas. Aparte no nombraba (ni parecía
tener intención) un coordinador, con lo que la labor de éste la fuimos
haciendo entre todos como buenamente podíamos a pesar de que no nos
correspondía ni nos pagaran por ello.
Por
otra parte fui descubriendo el secreto de todo lo que estaba ocurriendo:
en Tres Cuñadas había un conflicto sindical del cual fui testigo muy
directo viviéndolo al lado de mi compañera Consuelo Ruiz. Se acercaban
las elecciones sindicales y ella intentaba formar una candidatura por
CCOO después de una larga etapa en FÉTIDO, de donde se acababa de
desvincular. A duras penas consiguió
formar una lista que, a pesar de que no había sido aún presentada,
raro era el día que Consuelo no recibía la llamada de
alguna compañera llorando y pidiéndole que la eliminara de la lista.
Al parecer, se filtró la lista (no se sabe cómo)
y algunos jefes se dedicaron a llamar a empleados y amenazarlos si firmaban
por CCOO. Una de ellas, que resistió las presiones, se encontraba
de baja muy próxima al parto, y fue muy triste verla subir con aquella
barriga porque la habían llamado pidiéndole que se presentara personalmente
a ratificar su nombre en aquella lista ante la junta electoral, ya que
dudaban de su firma en aquella candidatura, pero tuvo el valor de plantarse
ante todos y decir que mantenía firme su nombre en aquella candidatura
de CCOO. Pensaban que quizá así en el último momento se arrepintiese,
pero no fue así. Por supuesto, en FÉTIDO no sufrieron esas presiones.
Más bien al contrario, se dedicaron al juego sucio: por ejemplo, repartieron
por toda la tienda a los trabajadores una copia de la ficha de afiliación
de Consuelo a CCOO (alguien la había sustraído misteriosamente) cuando
aún pertenecía a FÉTIDO, sin olvidar las mejoras laborales (renovaciones,
mejores puestos, etc.) que la empresa descaradamente concedió a quienes
firmaron por este último. Parecía que la empresa y FÉTIDO se habían
conjurado para que CCOO no se presentara a las elecciones y para ello
estaban dispuestos a pagar cualquier precio, aunque tuvieran que inflingir
cualquier ley laboral o penal.
Descubrí
entonces que el enemigo lo teníamos en casa. El jefe, Gustavo, en aquellos
días preelectorales se dedicó a tener una charla con cada uno de nosotros
y aprovechar para coaccionar si encontraba la ocasión. A Consuelo Narváez,
que estaba dudando si firmar la candidatura de CCOO, le dijo "Tú
no pensarás firmar, ¿no"". Ella respondió que si lo hacía
era por amistad a Consuelo Ruiz, a lo que él prosiguió: "tened
cuidado con lo que firmáis, porque
Consuelo Ruiz es intocable, pero vosotros no sois imprescindibles".
Seguí
muy de cerca aquel proceso electoral por mi cercanía a Consuelo Ruiz
y demás gente de CCOO. Aparte me había afiliado recientemente a este
sindicato (afortunadamente al darme de baja en San Pedro, mi afiliación
por FÉTIDO había sido anulada): tenía la sensación de que
si algún día remoto ocurría algo, necesitaría que me defendieran
de algún modo, y prefería el punto de vista democrático y del lado
del trabajador que tenía CCOO en lugar del compadreo con la empresa
y la guerra sucia de FÉTIDO. Aparte estaba mi solidaridad (como
también hicieron afiliándose mis compañeros Consuelo Narváez, Raquel
y Fernando) hacia Consuelo Ruiz.
A
todo esto no era ajeno Lola, mi ya antigua compañera, que curiosamente
me llamaba cada vez más a menudo. Solían ser llamadas entre compañeros
que trataban la situación de cada uno en sus respectivos stands. Me
sorprendió entonces (con el tiempo lo entendí) que Lola (por entonces
miembro sindical por FÉTIDO en San Pedro), durante el período electoral,
quería que le contara detalles del ambiente en el híper y de lo que
sabía yo de CCOO. Por entonces la información que le daba sólo podía
ser de las barbaridades que estaban cometiendo contra la gente de Comisiones.
Ella me decía siempre que de esas historias no me creyera ni la mitad,
a lo que yo le respondía que no se trataba de creer o no, sino que
lo estaba viendo con mis propios ojos. Aparte me aconsejó y me insistió
que a mí no se me ocurriera presentarme por CCOO ni "meterme en
líos". Le contesté que ni era mi intención ni tampoco era posible
(no cumplía los seis meses de antigüedad para ello), y, contando los
atropellos de la empresa-FÉTIDO contra CCOO, se me escapó un dato
que resultaría ser fundamental: le confesé que, indignado con FÉTIDO
y su entorno, acababa de afiliarme a CCOO. Ella me contestó:
"eso era mejor que no me lo hubieras dicho, pero de todas formas
te diré una cosa, haces muy bien afiliándote a
Comisiones, porque que quede entre tú
y yo, pero FÉTIDO es una mierda".
Mientras,
las elecciones se acercaban. Se respiraba la sensación de estar rodeados
de espías por todas partes, pues cualquier movimiento de alguien de
CCOO era sabido casi al instante por algún jefe o gente de FÉTIDO.
No podíamos fiarnos ni de nuestra propia sombra. En el último minuto
CCOO consiguió formar una lista con las personas mínimas para presentarse:
todos aquellos que tuvieron la valentía de resistir a las presiones
y amenazas recibidas. Y ocurrió
lo que nadie esperaba: contra todo pronóstico,
CCOO ganó las elecciones. Era curioso
ver las caras de luto y funeral de aquellos jefes al saber el resultado.
Por
otro lado, volviendo a la actividad en el departamento, el ambiente
era muy agradable entre los compañeros a pesar de que Gustavo poco
intervenía. Aparte, pasamos de ser un stand con pocas ventas en seguros
a convertirnos mes a mes en el segundo de la región, y normalmente
solíamos estar entre los diez primeros de toda España. Por entonces
ya Consuelo Ruiz había solicitado a Gustavo el nombramiento de un coordinador,
pero él jamás lo hizo ni dio explicaciones (era el único stand de
la región sin coordinador).
Y
de repente, el jefe, Gustavo, el antiguo Dr Jekyll en San Pedro, se
quitó la careta, cambió de personalidad y pasó a ser Mr Hyde con
Tres Cuñadas y también conmigo: me mandó un correo diciendo que yo
había faltado dos días al trabajo y pidió una reunión con Consuelo
Ruiz, Fernando y conmigo. Me quedé blanco cuando leí aquello. Todo
debía tener alguna explicación porque era falsa esa acusación: jamás,
ni un solo día en mi vida, había faltado al trabajo sin justificación.
Luego, en aquella reunión, Gustavo empezó pidiéndome disculpas por
su confusión al creer que yo había faltado al trabajo dos días y
posteriormente nos echó en cara la organización que estábamos haciendo
de los horarios mensuales, aunque por otra parte reconocía que la culpa
era suya. Nosotros le contestamos que, ante la ausencia de una figura
responsable de coordinador, los horarios los hacíamos como mejor creíamos
que podían ser sin perjudicar ni al stand ni a nosotros mismos, y que
por esta tarea que no nos correspondía, no recibíamos nada a cambio
y, muy al contrario, se nos estaba recriminando. Además, Gustavo reconoció
que le molestaba que nos lleváramos tan bien los cinco compañeros,
y que prefería las situaciones más tensas del pasado (aludía a aquellos
tiempos que yo no viví allí de Álvaro como coordinador en Tres Cuñadas).
En aquella reunión se habló de diversos temas de organización del
stand y surgió el compromiso en definitiva de que él iba a estar más
con nosotros y a apoyarnos a partir de entonces.
En
principio quedamos medianamente satisfechos, pero no fue así la realidad,
ya que a los pocos días empezó una etapa muy distinta
para Gustavo de inflexibilidad, de negación de peticiones, de autoritarismo,
trato vejatorio y hasta de humillación y maltrato psicológico que
todos, y yo particularmente, sufrimos. Así, mandó un correo diciendo
que a partir de entonces los horarios los hacía él, que cualquier
cambio de turno teníamos que consultárselo y, sólo si él lo veía
justificado, lo concedería. Nos puso un horario inflexible y hasta
ridículo, llegando a confeccionar él mismo los horarios anuales (algo
insólito en un jefe regional), nos obligó a coger el almuerzo por
las mañanas saliendo así más tarde (hasta entonces habíamos utilizado
el mismo sistema que él estaba autorizando sin problemas en San Pedro:
no coger almuerzo por las mañanas y salir así antes, teniendo en cuenta
que los tres que estábamos a jornada completa vivíamos lejos de Tres
Cuñadas). Por otro lado, le negó a Consuelo Ruiz la posibilidad de
que se cambiase el turno conmigo (voluntariamente para los dos) para
que pudiera asistir a los estudios oficiales que él mismo, en la reunión
anterior, se había comprometido a facilitarle. Sin embargo, a la vez,
paradójicamente, autorizó mi petición para que yo, durante cuatro
sábados, me cambiara el turno con Fernando de mutuo acuerdo para mi
ocio (un campeonato de ajedrez en el que yo participaba). Fue curioso
que se tratara del mismo campeonato que, un año antes, estando yo en
San Pedro, me autorizara a cambiar el turno con una compañera para
que yo pudiera participar sin darle más explicaciones. Sin embargo,
un año después, ya en Tres Cuñadas, para ese mismo torneo, me obligaba
semana tras semana, tener que pedirle por escrito el cambio voluntario
de turno con Fernando, a lo que él nunca contestaba y cuando se acercaba
el sábado me hacía tener que llamarlo en el último momento, autorizándomelo
siempre, aunque normalmente con reticencias del tipo: "¿pero le
queda mucho a ese torneo para acabar"".
Consuelo
Ruiz le reprochó a Gustavo su actitud, y éste en una ocasión le dijo:
"a ti a lo mejor no podemos hacerte nada, pero a tus compañeros
sí". No sospechaba yo entonces que aquel vaticinio acabaría
cumpliéndose.
En
una ocasión que fui testigo, Consuelo Narváez le pidió a Gustavo
si podía reconsiderar la decisión de los horarios tan inflexibles,
a lo que él respondió: "es que no sois de mis stands preferidos,
así que eso es lo que hay".
En
conversaciones con Fernando solía hablarle mal de mí y por extensión
también de CCOO. En una ocasión le dijo a Fernando: "¿qué pasa
con Jaime" ¿qué es, el secretario de Comisiones"", y también
se quejaba de que el stand de Finanzas y Seguros de Tres Cuñadas se
había "convertido en la sede de Comisiones". Fue la primera
vez en que empecé a sentir la discriminación en propia carne por el
hecho de estar cerca de un sindicato democrático como
CCOO, aunque nunca creí que eso pudiera ser motivo para lo que más
tarde acabaría ocurriendo.
Otra
vez le mandé un correo sobre un asunto interno que no entendía, y
él se lo reenvió a una responsable superior añadiendo: "A ver
qué le ocurre a este pesado". No sé si era él consciente de
que yo leería aquello si al contestarme no había borrado el historial
del mensaje.
Cuando
se acercaba el verano nos negó todas las propuestas de vacaciones que
le hicimos y en las que intentábamos configurar unas fechas acordes
con nuestras necesidades y sin olvidar la cobertura del stand, a pesar
de que pudiera haber períodos en que dos personas podían coincidir
de vacaciones, cosa que sabíamos sí podía hacerse en demás stands
de la región. Finalmente, a mí me avisó de que no se nos ocurriera
llamar a otros stands para informarnos de cómo habían organizado las
vacaciones, y, a mi pregunta de si esa era una medida general a partir
de entonces o sólo nos afectaba a nosotros en Tres Cuñadas, fue cuando
me respondió iracundo: "que sea la
última vez que pones en duda mi palabra". Resolvió nuestras
vacaciones poniendo él las fechas de forma que nunca hubiera dos personas
de vacaciones (con lo que alguien tendría que disfrutarlas en períodos
poco atractivos a priori), y no tuvimos más remedio que sortear entre
nosotros las personas asignadas a cada período vacacional. Eso no ocurría
en los demás departamentos de finanzas y seguros de su región. Nos
sentíamos discriminados injustamente.
Por
su parte, el ambiente entre los cinco compañeros era exquisito, aunque
algunos teníamos que soportar presiones que parecían nunca acabar.
La historia de mi compañero Fernando era peculiar. Tras estar varios
años como jefe en varias tiendas a muchos kilómetros de distancia
y en medio de una crisis personal, pidió volver atrás como empleado
y estar cerca de su familia. Le hicieron el favor perdonándole
más de un millón de las antiguas pesetas que debía devolver según
su contrato si renunciaba a ser jefe y le buscaron un destino en Tres
Cuñadas para una misión que no supe hasta más tarde y que luego revelaré.
Pues bien, un día me contó Fernando que acababa de recibir
una llamada de Ricardo Gañán, el jefe regional de Recursos Humanos,
recordándole el favor que la empresa le hizo en su momento y
le pidió que se desvinculara de CCOO y volviera a afiliarse a FÉTIDO.
Así tendría que hacerlo, si es que quería tener una nómina al final
de cada mes, y así lo hizo.
Paralelamente,
Lola seguía de coordinadora en San Pedro aunque sus llamadas eran menos
frecuentes. Mejor para mí, porque hacía poco había descubierto que
se trataba de alguien con algún parentesco cercano a Judas: había
llegado a mis oídos de muy buena fuente y mediante terceras personas
que, desde hacía tiempo, lo que yo hablaba con ella por teléfono (incluyendo
aquel período electoral en Tres Cuñadas), más tarde ella (sin importarle
la discreción) lo contaba a otros, incluyendo al maligno Gustavo. Ahora
podía comprenderlo todo mejor: como buena militante de FÉTIDO, también
se había dedicado al juego sucio y a espiar todo lo posible, aunque
para ello tuviera que perjudicar al compañero que en mí había tenido.
Jamás le eché nada en cara (a pesar de que rabiaba por hacerlo) porque
no quería poner por medio a terceras personas ante una persona tan
falsa y que no merecía la pena
Llegado
el verano, Gustavo dejó el puesto al encontrar otro empleo. Antes de
irse se despidió de Consuelo Ruiz advirtiéndole que tuviera en cuenta
que "no os he puteado ni la mitad de lo que me han pedido"
y a Fernando le recriminó mi actitud fría al enterarme que él se
marchaba y le llegó a decir: "dile a
Jaime que me tiene hasta que estar agradecido
porque lo quisieron despedir y tuve que intervenir para que no lo hicieran".
Desconozco el motivo oculto y falso por el que alguna vez alguien puedo
tener la idea de despedirme en algún momento, según aquel comentario
de Gustavo. También le sugirió a Fernando que cuando él (Gustavo)
terminara las vacaciones que le faltaban antes de irse, le llamara para
explicarle por qué nunca había nombrado un coordinador en Tres Cuñadas.
Por supuesto, Fernando no iba a complacer la voluntad de aquel tirano
y nunca lo llamó.
Y
así quedamos sin jefe regional durante un tiempo. Más tarde nombraron
inesperadamente a Lola, ascendiéndola desde coordinadora en San
Pedro hasta este nuevo puesto, un puesto que ella ambicionó desde un
principio aunque ella misma dudaba de sus posibilidades dada la falta
de formación académica con la que contaba. El asombro era mayor si
teníamos en cuenta que se trataba de un secreto a voces que Lola había
sido recientemente investigada por supuestos y continuos fraudes en
múltiples seguros efectuados por ella, lo cual explicaba sus vertiginosos
números y comisiones embolsadas. Yo, que había trabajado junto a ella
durante un año, era el último que me hubiera sorprendido por la referida
investigación, de la que al final, con suerte para ella, salió airosa.
Una
de sus primeras medidas fue nombrar un coordinador, algo a lo que Gustavo
se había negado durante más de un año. En un principio dudó entre
Fernando y yo, pero posteriormente, después de hablar con cada uno,
se decidió por el extenso currículum anterior como jefe de Fernando,
a quien le dijo que a partir del mes siguiente sería coordinador de
finanzas y seguros de Tres Cuñadas.
Parecía
que las aguas volvían a su cauce, que el buen ambiente entre empleados
y jefes era posible, que todo era color de rosa, hasta que llegó
aquel día, aquel fatídico día (martes y trece para más señas) en
que mi vida cambió radicalmente. Esperaba los últimos minutos
de mi jornada de turno de mañana antes que llegara Fernando para su
turno de tarde e irme yo a almorzar a casa. Extrañamente, Antón Lama,
el jefe de Recursos Humanos de allí, parecía un militar haciendo guardia
a cinco metros delante mía hasta que llegó Fernando. Entonces Antón
desapareció. En pocos minutos sonó el teléfono. Desde Caja Central
me avisaban que tenía que subir al despacho de Antón. Fernando y yo
nos quedamos mirándonos extrañados, ¿qué podía ser"
Subí
aquellas escaleras ansioso y verdaderamente preocupado, pues todo el
mundo sabía que cuando te pedían acudir al despacho de Recursos Humanos
no solía ser para nada bueno, y menos en aquel centro. Encontré a
Antón muy serio (más debí estarlo yo) y me invitó a sentarme.
Me dijo que le había llegado una carta desde Madrid que tenía que
leerme. En ella me comunicaba que, dada la
"falta muy grave" que yo había cometido, quedaba en situación
de suspensión de empleo (no de sueldo) hasta que se me comunicara la
decisión definitiva que fuera a adoptar la empresa una vez aclarados
los hechos, lo cual debía efectuarse tres días más tarde. Creo
que me quedé pálido en aquel momento, no podía creerlo. Le pregunté
qué "falta muy grave" había yo cometido. Me dijo que no
lo sabía, que tan sólo le habían dicho que tenía que ver con unos
seguros, y que ya el viernes se lo aclararía. Le consulté si podría
ir acompañado de un delegado sindical, y me respondió que no sólo
podía, sino que me lo aconsejaba. Me preguntó si estaba afiliado a
algún sindicato y le contesté afirmativamente.
Cuando
abrí la puerta del despacho para salir me topé de frente con Fernando.
¿Qué pasaba" ¿Por qué a él le habían llamado también y por separado"
No me dio tiempo a decirle nada. Me dirigí al stand. Aún sonrío de
mi inocencia al recordar aquellos momentos, cuando estaba en el stand
quieto, sin saber aún qué hacer y llegó una coordinadora de caja
para decirme que allí se quedaba ella. Le dije (sin saber para qué)
que no se preocupara. Ella no sabía apenas de financiaciones y seguros,
así que le sugerí que me quedaba yo un rato más hasta que llegara
Fernando, pero no reaccioné hasta que me dijo "mira, Jaime, que
me han dicho que te tienes que ir". Ahí ya lo entendí al instante,
aunque quizás no del todo, pues entonces no se explica cómo le dije
al despedirme "si tienes alguna duda con algo, llámame por teléfono".
Y es que aún no había reaccionado: la empresa me estaba enseñando
la puerta de salida y a mí lo único que me preocupaba era que el stand
estuviera bien atendido.
Esperé
a Fernando en la puerta y nada más verle la cara empecé a entender
la gravedad de lo que estaba sucediendo, a él también le habían dado
la misma carta: los dos estábamos suspendidos de empleo y no de sueldo
hasta el próximo viernes, pero había una diferencia importante, y
es que, mientras a mí me negaron toda la información, a él (como
afiliado ya a FÉTIDO en ese momento) Antón le había explicado detalladamente
de qué se le acusaba (a mí diez minutos antes me dijo que no sabía
nada), y aparte nos encontramos a dos delegados de FÉTIDO que venían
en busca de Fernando puesto que a este sindicato le habían comunicado
ese mismo día por la mañana los hechos imputados a él.
Menos
de una hora más tarde, nuestro sitio en el stand ya era ocupado por
Gertrudis, de quien supimos que, venida desde Madrid, quince días antes
había tenido una entrevista con nuestros superiores y hasta entonces
había estado formándose en San Pedro, precisamente. Unos días más
tarde sería nombrada coordinadora de finanzas y seguros de Tres Cuñadas,
a pesar de que la empresa no había tomado aún una decisión sobre
nosotros. Así de premeditado estaba todo diseñado.
Pasé
aquella tarde en el aparcamiento padeciendo frío y miedo junto a Fernando.
Ninguno nos atrevíamos a ir a nuestras casas ¿Cómo contárselo a
nuestras familias" Esperé la llegada de Consuelo Ruiz, a quien primero
avisé para que viniera a hablar con Antón y le dijera de qué se me
acusaba. Con no pocas trabas por parte de este jefe, Consuelo lo consiguió:
resulta que, según ellos, yo no había comprobado la condición de
empleados (o familiares de empleados) a dos personas a las que supuestamente
les había formalizado sendas solicitudes de seguros como empleados
de Rotonda y para el que tenían un descuento especial. Mi primera reacción
fue de incredulidad. Fue cuando la palabra despido
empezó a flotar por primera vez en el ambiente y en mi cabeza.
Yo
siempre había pensado que para despedir a
un empleado al menos tenían que ocurrir dos cosas: que el empleado
hiciera algo mal y, segundo, que la empresa se diera cuenta y lo demostrara.
Sin embargo tenía ante mí algo inédito: para empezar, yo había hecho
mi trabajo y no había hecho nada malo, y, segundo, que aunque lo hubiera
hecho, nadie podía demostrar que estaba mal, por la sencilla razón
de que en nuestro trabajo en Rotonda, a la hora de rellenar una solicitud
de un seguro de un cliente, éste no debía aportar ni un DNI, ni una
cuenta bancaria, ni un permiso de conducción (para un seguro de coches),
ni un peritaje ni un recibo tributario con los metros de su vivienda
(para un seguro de hogar), ni un certificado médico de las enfermedades
que pudiera padecer (para un seguro de salud), ni así tampoco una nómina
o una placa identificativa en caso de ser empleado de Rotonda o familiar
de éste (¿cómo íbamos a pedirle a alguien que presentara un documento
privado de otra persona"). Nunca había realizado yo un curso de formación
en seguros (recuerden mi contrato de cajero), pero, según como me habían
enseñado en todo aquel tiempo en Rotonda, debía fiarme de la palabra
del cliente y aceptar como ciertos los datos que me aportasen. Así
se hacía no solamente en Tres Cuñadas, también en San Pedro, en Castaña,
y en toda Sevilla, y en Andalucía, y en España entera, y no digo en
todas las tiendas que Rotonda tiene en el extranjero porque desconozco
el dato. ¿Que no había yo pedido esa documentación a dos clientes"
Por supuesto, pero ni a ellos ni a nadie.
Era absurdo. Si me despedían a mí
por aquel motivo, también debían hacerlo con el resto de cientos de
empleados de finanzas y seguros de Rotonda en toda España: no pedir
esa documentación era la práctica habitual que nos habían enseñado.
Puede resultar incoherente que no se pidiese dicha documentación, pero
así era. Cuando estaba en San Pedro, me hice esa misma pregunta y Lola
me contestó muy acertadamente que se hacía con la finalidad de no
perder clientes: si a alguien se le empieza pidiendo documentación
que no lleva consigo, se corre el riesgo de que esa persona diga que
lo deje para otro día, y al final, en todo ese transcurso de tiempo,
no vuelva porque haya encontrado otra oferta mejor. Así era (y es)
el mundo de los seguros.
Además,
nosotros no hacíamos pólizas, sino solicitudes de seguros, es decir,
se suponía que el resultado de nuestro trabajo llegaba a la correduría
de seguros, que debía comprobar la veracidad de los datos para formalizar
la póliza o rechazar la solicitud de seguro. En caso de que fueran
ciertos los datos, la compañía debía enviar una copia al cliente
para que éste la firmase, y sólo así haría efecto la póliza y podría
ser cobrada. ¿Y se nos hacía a nosotros responsables de la naturaleza
de los datos que un cliente nos aportaba"
Para
colmo, a medida que iba atando cabos, recordé
que incluso esos seguros no llegaron siquiera a nuestra nómina.
Un mes atrás surgió el mismo tema y Lola me contó que alguien de
la compañía había hablado más de la cuenta y a partir de entonces
se estaban planteando la obligatoriedad de mostrar la condición de
empleado o familiar de éste por parte del cliente, pero que no me preocupara
por aquellos seguros y siguiera haciendo mi trabajo. A cambio no cobraríamos
la comisión resultante de aquellos seguros. No me parecía justo de
todas formas aquella medida, pero tuve que callarme recordando aquel
dicho de donde manda patrón, no manda marinero.
A
Fernando le acusaban exactamente de lo mismo, aunque en su caso eran
tres, y no dos, las solicitudes de seguros. Teníamos tres días para
preparar con nuestros sindicatos las alegaciones, Fernando con FÉTIDO
y yo con CCOO, aunque Fernando no confiaba en dicho sindicato por todos
considerados como amarillo, y estaba dispuesto a que fuera Comisiones
Obreras quien lo defendiera.
Nos
encontrábamos al borde del despido y, aunque los motivos expuestos
por la empresa eran tan surrealistas como falsos, sabíamos que el verdadero
motivo de la situación era otro: el golpe definitivo a
CCOO en aquel centro y especialmente a la persona de nuestra compañera
y amiga Consuelo Ruiz. Para ella, ambos éramos su apoyo básico
en aquel departamento y, como suele decirse, su ojito derecho. Por tanto,
quitándonos a nosotros, estaban atacando donde más podía dolerle
a Consuelo allí.
Pronto
me encontré con el ingenio de Fernando. Él estaba dispuesto a que
saliera a la luz todo lo que sabía y en pocos días consiguió grabar
sus conversaciones telefónicas con diversas personas que mucho tenían
que decir. Entre ellas, por ejemplo, una conversación con una coordinadora
de la misma Correduría de Seguros Rotonda, donde reconocía que no
era requisito pedir documentación al cliente al hacer un seguro en
que fuera empleado, reconocía que cualquier empleado de Rotonda podía
formalizar un seguro y que apareciese como realizado por cualquier otro
empleado de la misma empresa, y, por último, reconocía también que
hasta Gustavo nos había ordenado en ocasiones hacer seguros como empleados
a amigos del director incluso. Es cierto, había órdenes por parte
de superiores para que, antes de perder a un cliente que dudaba del
precio, le aplicáramos la característica de empleado con tal de llegar
a los objetivos que nos marcaban. Pero ¿cómo era posible que utilizaran
una orden impuesta por ellos mismos como motivo de una
falta muy grave" ¿no se podía aplicar esa falta muy grave también
a nuestro jefe Gustavo cuando nos ordenaba que pusiéramos como empleado
al amigo del director que quería hacerse un seguro"
Y
entonces me enseñó Fernando una grabación que fue la que terminó
de explicar toda la trama que se había montado contra nosotros. En
dicha grabación, una jefa de Recursos Humanos, amiga de él desde su
etapa anterior de jefe, le decía que la empresa no debería atreverse
a despedirlo después del trabajo de "mega-actor" que él
les había hecho. No entendía exactamente esta frase, aunque parecía
bastante evidente, pero en seguida Fernando me lo explicó: un año
atrás, el jefe regional de Recursos Humanos, Ricardo Gañán, no
le había concedido esa salida como jefe y un puesto en finanzas y seguros
en un centro cercano a su domicilio de forma gratuita, sino que Fernando
tenía que corresponderle a la empresa de alguna manera, y
ésta no era otra que, aprovechando la cercanía de las elecciones sindicales,
infiltrarse en CCOO y obtener información de primera mano con el fin
de desmontar su candidatura y que así
venciera cómodamente FÉTIDO en las urnas. Por entonces, tanto
a él como a otras personas, se les pedía colaboración para que dieran
nombres de empleados que irían en las listas de CCOO, con el objetivo
luego de coaccionarlas y que renunciaran a dicha candidatura. Recordemos
que a punto estuvo de ocurrir: más de la mitad de la lista renunció
entre lágrimas por miedo a ser represaliados, pero sólo unos pocos
que se mantuvieron firmes siguieron adelante y ganaron unas elecciones
tan ensuciadas como tristes. No podía creer lo que me estaba contando
Fernando, por más que lo estaba escuchando yo mismo en boca de jefes
en aquella grabación. Me sentía trasladado en el tiempo a escenarios
más propios de Franco, Hitler o, incluso, Al Capone, cuando la intolerancia
y la fuerza se encontraban por encima de la justicia y la razón.
Hasta
ahora Fernando había preferido mantenerlo oculto, pero no estaba dispuesto
a seguir así. Durante todo aquel tiempo, me contó, él no colaboró
y se limitó a dar evasivas como respuestas. Pero eso nunca se lo perdonaron,
más tarde le obligaron a volverse a FÉTIDO y entonces se acercaba
el momento en que lo iban a decapitar, aunque ni Rotonda ni FÉTIDO
contaban con que en esos momentos Fernando estaba dispuesto a tirar
de la manta y contar ante todos aquel secreto a voces que afectaba a
altos mandos de Rotonda y de FÉTIDO. Ahora podía entenderse mejor
el trasfondo antisindical del despido que se nos avecinaba: no sólo
golpeaban a CCOO, sino que, al modo más gansteril, cortaban
la cabeza de Fernando, a quien ellos consideraban un traidor por no
colaborar con la empresa que había atendido sus peticiones de renuncia
de jefe y destino cercano a su familia. Sin embargo, ¿qué pintaba
yo en aquella historia" Me sentía (y aún me siento) alguien que
circunstancialmente pasaba por ahí, alguien que, como suele decirse,
estaba en el sitio equivocado y en el momento equivocado, alguien que
servía de tapadera a la empresa para disimular sus verdaderas intenciones,
en fin, un cabeza de turco.
En
otra grabación, Antón Lama (el jefe que me había puesto la carta
de suspensión de empleo encima de la mesa) le reconocía ser conocedor
de toda aquella guerra sucia pasada en aquel centro, y que de todo aquello
era totalmente consciente en esos momentos su jefe, Ricardo Gañán.
Aparte, hablando de mí, dijo en tono peyorativo, que yo había sido
un "miembro activo de Comisiones", cuando tan sólo había
sido un afiliado más, como le recordó Fernando.
La
conversación con delegados de FÉTIDO fue de lo más surrealista. En
ella, podía escucharse como intentaban poner a Fernando en contra de
Consuelo Ruiz. Decía la delegada que alguien había escuchado a Consuelo
dar gritos de alegría al enterarse que a su compañero Fernando estaban
a punto de despedirlo (huelga decir la falsedad de tal hecho). También
le pedía que nombrara a compañeros, que manchara a otras personas
con tal de salvarse él mismo. Y al final, daba nombres de altos cargos
de FÉTIDO que estaban al tanto de la operación anti-CCOO
en las pasadas elecciones.
Y
llegó el viernes. No hubo sorpresas porque ya por la mañana se había
filtrado a través de FÉTIDO (esto ya no extrañaba) que nos iban a
prorrogar la situación de suspensión de empleo. Eso significa que
no lo tienen claro, nos decían. Aún así había que presentar
las alegaciones. Mi delegado había presentado las mías (preparadas
por el abogado de CCOO que iba a llevar nuestro caso), y llegaba el
momento de Fernando. FÉTIDO presentaba sus alegaciones, pero ese momento
lo aprovechó él para dejar clara su postura, desvinculándose definitivamente
de FÉTIDO y confiando en CCOO:
-
Yo vengo hoy como el perro al que le sueltan las cadenas después de
ocho años, al perro ese al que habéis estado ahí
apaleando, pegando patadas, bocados, y con todo el tipo de humillaciones
del mundo y le sueltan las cadenas. Así
vengo yo, vengo riendo, vengo contento, vengo feliz, por primera vez
en mi vida, después de ocho años.
Lo
dijo sin inmutarse, ante el asombro de todos (gente de FÉTIDO, CCOO
y Antón Lama, que hasta le temblaba el pulso). En un gesto de rabia,
ambos nos pusimos una pegatina de CCOO en el pecho y nos sentamos a
escuchar la decisión que ya la empresa tenía tomada: nos prorrogaban
la situación hasta cinco días más tarde.
Durante
todos esos días y los meses que siguieron (aún hoy) no debo olvidar
la figura de Rafa Domínguez. Como secretario del sindicato de Comercio
de CCOO, el nuestro podría parecerle un caso más, una rutina insulsa,
pero en su lugar se volcó con nosotros y nos apoyó en todo momento,
preparando acciones y movilizando a gente del sindicato. Se trataba
de alguien que ya muchos años atrás había pasado por la misma situación
que nosotros, nos tendió la mano y se portó con nosotros como un señor,
un buen hombre que no pretendía más que se hiciese justicia y cesasen
los atropellos que Rotonda estaba cometiendo constantemente.
Cinco
días más tarde, de nuevo me encontraba delante de Antón, que nos
leía la decisión de la empresa: volvían a prorrogarnos ahora dos
semanas más mientras terminaban de investigar los hechos. Se me escapó
la risa de incredulidad en aquel momento. Era el esperpento más grotesco
del que había sido testigo. En un país
democrático y constitucional como el que me encuentro,
estaba convencido que existía la presunción de inocencia, y que a
uno lo sancionaban después de haber demostrado e investigado unos hechos
graves. Sin embargo, no era así en Rotonda, porque
con Fernando y conmigo estaban actuando al contrario: nos sancionaban
primero para investigar después. ¿Dónde estaba allí
la justicia por más Constitución y Estatuto de los Trabajadores que
hubiera"
Ya
para la siguiente cita, desde CCOO se estaba preparando una concentración.
Sería inédito: la primera concentración de la historia a las puertas
de Rotonda Tres Cuñadas, y encima denunciando prácticas antisindicales.
Respecto a la actuación de CCOO, hay que decir que fue más firme cuanto
más cercanas eran las personas, es decir, que mientras responsables
provinciales se dejaron la piel por nosotros, los que lo hacían desde
Madrid estaban más preocupados por apagar el fuego y que no trascendiera.
Tuvimos la visita de dos delegadas del comité intercentros, le contamos
lo sucedido y se llevaron las manos a la cabeza, diciéndonos que estaban
dispuestas a mover Roma con Santiago con tal de pararles los pies a
los jefes de Rotonda antes de despedirnos. Nos prometieron estar con
nosotros en primera línea de la concentración si no lo conseguían.
¿Qué ocurrió entonces" Lo más que consiguieron fue una oferta
que pretendían que aceptáramos y que les parecía lo más correcto:
si anulábamos la concentración, el jefe de Recursos Humanos vendría
desde Madrid a hablar con nosotros. Por supuesto dijimos que no. Era
una trampa evidente. No teníamos inconveniente con hablar con quien
quisiera venir, pero ello era independiente de que expresáramos nuestra
protesta a las puertas de quien ejercía la injusticia contra nosotros.
Finalmente, no vinieron las delegadas desde Madrid a apoyarnos en aquella
concentración. Gustaron mucho las camisetas que Fernando y yo portábamos
aquel día y que habíamos diseñado para la ocasión: por delante se
leía "HOY YO" y por atrás "MAÑANA TÚ". No
se podía decir más en cuatro palabras. A pesar de todo, la concentración
fue un éxito, sin incidentes a pesar de la numerosa presencia policial.
Días antes el director de Rotonda Tres Cuñadas llamó al jefe de policía
de esta localidad avisándole que en la concentración, gente de CCOO
tenía previsto partir cristales y tirar estanterías abajo. Lo que
había que aguantar, era lamentable.
Durante
aquellos días otro infortunio hizo que a Fernando le inculparan más
hechos: una señora puso allí una reclamación por un seguro no solicitado
por ella donde aparecía una firma que no era la suya, decía. La empresa
le contestó acusando a Fernando, y le pidió que lo denunciara. Sin
embargo, la señora, que precisamente conocía a Fernando, dijo que
no iba contra éste, sino contra Rotonda, que había sido quien le había
emitido al fin y al cabo un seguro contra su voluntad. Mientras tanto,
aquello venía como anillo al dedo para que Rotonda lo utilizara contra
Fernando.
Llegó
el fatídico día. Todo el mundo esperaba la comunicación de dos despidos,
aunque yo en mi caso debo confesar que guardaba todavía algunas esperanzas
en que al final rectificasen e incluso me pidiesen perdón por el error
que estaban cometiendo. Qué ingenuo. Pasé yo primero al despacho.
Antón Lama me leyó cuatro aburridos folios llenos de falsedades para
acabar comunicándome lo que ya estaba decidido de antemano desde mucho
tiempo atrás: el despido disciplinario. Era enorme la rabia que estaba
acumulando, la sed de justicia. Salí y me crucé con Fernando, nos
abrazamos y le dije lo que me habían comunicado. A él le sancionaron
de igual forma.
Esa
noche, al acostarme, lloré a lágrima tendida. Era la primera vez que
lo hacía desde aquel fatídico martes y trece. Era la
primera vez que de verdad tenía conciencia de lo sucedido, y toda la
impotencia y rabia que se me habían ido
acumulando, brotaron aquella noche a borbotones. Me dije a mí
mismo que aquello no iba a quedar de tal manera y que mi venganza sería
simplemente demostrar mi inocencia y que todo el mundo supiera la magnitud
de la crueldad que Rotonda acababa de cometer. Todo eso me impulsaba
con más motivo para proseguir con el blog que por entonces creamos
para expresar nuestra indignación. Fue un medio de expresión muy acertado
que comenzamos Fernando y yo, con un estilo entre la información y
el humor más sarcástico, y que, por cierto, a día de hoy aún continúa
con numerosas visitas y con nuevas noticias que ya únicamente yo voy
insertando. Tiempo más tarde, Fernando dejó de colaborar por motivos
que no vienen al caso.
Tras
ello vinieron otras dos concentraciones convocadas por CCOO. Era curioso
que cada vez que se acercaba una concentración, nuestros mensajeros
nos hacían llegar ofertas a cambio de desconvocarla. Sin embargo, nuestra
respuesta fue siempre la misma: tal como se indicaba en nuestra demanda
ante el juzgado de lo social, pedíamos el despido nulo, la indemnización
por daños morales y la reincorporación a nuestro puesto de trabajo.
Yo, por mi parte, no me apetecía por supuesto volver a entrar por aquella
puerta a trabajar para ellos con todo lo sufrido, pero, dada la injusticia
(y no olvidemos que me encontraba en la cola del paro) era lo menos
que podía pedir. La última oferta que nos llegó fue el reconocimiento
del despido improcedente. Era un gran paso: con el improcedente, la
empresa reconocía expresamente lo injustificado del despido, pero nosotros,
en aquel momento, queríamos ir más allá, a la raíz del conflicto
antisindical del que habíamos sido víctimas, y el único acuerdo podría
llegar mediante un despido nulo, lo cual nunca reconocieron.
Mi
relación con mis antiguas compañeras en Rotonda Tres Cuñadas continuaba
con más o menos frecuencia, especialmente con Consuelo Ruiz, pero fue
Consuelo Narváez quien, un día, me contó que había llegado un comunicado
a todas las tiendas por el que, a partir de entonces, se exigía la
obligatoriedad de que el cliente que manifestase ser empleado de Rotonda
o familiar de éste tendría que presentar la nómina o algún documento
que lo acreditase. Además, se avisaba que quien difundiera aquel comunicado
interno tendría que atenerse a las consecuencias. Si aplicaban a partir
de entonces esa obligatoriedad, ¿qué pasaba con nosotros" ¿por qué
nos despedían entonces" ¿había hecho falta despedirnos para que alguien
cambiara las normas"
Mientras
tanto, el tiempo pasaba y el juicio se acercaba. Estaba causando gran
expectación porque se iban a poner varias cuestiones encima de la mesa:
cesión ilegal de trabajadores, conducta antisindical y, en definitiva,
un despido sin fundamento. Por mi parte, faltaba poco para aquel día
y, como si un rayo de esperanza surgiese en mi vida, había encontrado
un empleo que aún a día de hoy conservo, un empleo digno por el que
me respetan por encima de todo y por el cual me siento orgulloso y feliz.
Aquello me hizo abrir los ojos: de acuerdo, yo pedía un despido nulo,
pero por supuesto no estaba dispuesto a volver a la empresa lo dijera
quien fuese. Lo que yo quería era, simplemente, ganar el juicio
y tener en mis manos una sentencia
para poder mostrar al mundo, que reconociera
mi honradez y que se habían equivocado conmigo, que me habían despedido
en medio de un trasfondo que no tenía otro objetivo que torpedear la
labor sindical de CCOO en Tres Cuñadas.
Lo
primero que me sorprendió al llegar a los pasillos del juzgado el día
del juicio fueron los testigos que se prestaban a declarar por parte
de Rotonda. Aparte de Antón Lama, Lola Ostos y Ricardo Gañán, que
eran previsibles, también estaban allí Gustavo Sanz (mi antiguo jefe
que habría pedido un día de asuntos propios en su nuevo trabajo para
poder declarar en contra mía) y, el más sorprendente, estaba allí
Álvaro Ríos, el antiguo coordinador de Tres Cuñadas que salía de
aquí al llegar yo para irse como jefe a Castaña. Era denigrante, una
persona que no me conocía (nunca llegué a coincidir con él) venía
a declarar contra mí en un juicio donde se jugaba uno el pan de su
casa. Del tiempo que estuve en Tres Cuñadas, nunca fui ajeno a la sombra
de Álvaro, que dejó de herencia un mal ambiente con sus compañeros
que contrastaba con una dedicación plena y a veces gratuita por su
parte hacia Rotonda. Parecía que ahora él, para complacer a sus propios
jefes, venía con algún guión bajo el brazo que alguien le habría
escrito contra mí. Posteriormente no tuvieron que declarar Gustavo
ni Álvaro, pues al juez le pareció innecesario.
Antes
de empezar el juicio nos encontramos con una primera decisión del juez:
éste declaraba que sobre las imputaciones de Fernando debía pronunciarse
un juez de lo penal, así que paralizaba el proceso y dejaba un plazo
de ocho días y la puerta abierta para que Rotonda lo denunciase. En
cuanto a mí, el juicio seguía adelante.
Con
la primera decisión que encontré, me pareció que aquello ya estaba
ganado. Al empezar su defensa, la abogada de Rotonda me ofreció el
despido improcedente sin salarios de tramitación. Tenía unos segundos
para responder y entonces pensé: si ellos me
ofrecían el despido improcedente delante del juez
quería decir que al menos este improcedente lo
tenía en la mano, sería lo mínimo que podría dictar el juez utilizando
la lógica (poco después descubriría que las palabras
justicia y lógica no siempre van de la mano). ¿Podrían
compensar menos de dos mil euros y salir por la puerta de atrás del
juzgado todo el daño e injusticia que me habían causado" Respondí
que no aceptaba la oferta: deseaba a toda costa una condena contra Rotonda
y prefería que fuera el juez quien me confirmara la improcedencia o
nulidad del despido, aunque yo, ciertamente, no tuviera pretensiones
de reincorporarme a Rotonda si el juez lo dictaba (ya estaba empezando
en mi nuevo empleo). Así que el juicio podía comenzar.
Tuve
la sensación durante el juicio que aquello estaba claramente ganado.
Apareció un informe interno de Tres Cuñadas donde se mencionaba que
uno de los puntos negativos del centro fuese la existencia de un comité
de empresa formado por CCOO (hasta dolía la vista leerlo por más
espeluznante que pareciese). Toda la sala escuchó la voz de Antón
Lama (que éste negó como propia) en una grabación reconociendo que
Ricardo Gañán era totalmente consciente de que a Fernando se le pidió
que se infiltrara en CCOO durante las elecciones sindicales. Por su
parte, Lola reconoció que las claves de usuario de empleados de seguros
en Rotonda eran públicas, y que cualquiera, incluso desde la otra punta
del país, podía hacer un seguro e imputárselo a otro compañero.
Con
respecto a Lola, ya me sentía defraudado desde mucho tiempo atrás,
cuando descubrí su hipocresía y cómo se trataba de una persona con
doble cara, pero en el juicio fue lamentable verla mentir descaradamente
mientras declaraba a un metro de distancia mía. Declaró que yo le
había dicho, respecto a los seguros por los que nos juzgaban, que yo
mismo reconocía "haber metido la pata". No fue la única
mentira: también declaró que ella no sabía que yo estuviera afiliado
a CCOO. Me tuve que morder la lengua mientras recordaba cuando ella,
más de un año atrás, me decía que hacía bien afiliándome a CCOO
porque FÉTIDO era "una mierda".
Con
la no admisión por parte del juez de una serie de pruebas presentadas
por mi abogado en las que estaba convencido que se demostraba mi inocencia,
acabó aquel juicio después de más de tres horas.
Salí
de allí con la sensación de un estudiante que borda un examen y piensa
que por muy severo que fuera el profesor, el examen tenía que estar
aprobado como mínimo. Para mí, el juicio no podía perderse. Le habíamos
dado al juez un ramillete de argumentos en los que elegir cualquiera
de ellos para declarar la grave equivocación de mi despido: podía
considerar la orden de los jefes de hacer lo posible para que no se
nos escapara un cliente, aunque para ello hubiera que ponerlo como empleado
(como se hacía en toda España); podía considerar que no teníamos
obligación de exigir documentación al cliente (Rotonda no había demostrado
en el juicio la existencia de esa obligación); podía considerar que
quizás el cliente me había manifestado su condición de empleado,
de lo cual yo no debía dudar, tal como me habían enseñado; podía
considerar que las claves de usuario eran públicas y ni siquiera tenían
contraseñas, y que cualquiera podía suplantarme; podía considerar
que, con un contrato de cajero de hipermercado, no podían exigirme
responsabilidades por confección de solicitudes de seguros; y, si el
atrevimiento del juez iba más lejos, podía considerar que toda aquella
trama del despido era una maniobra que escondía una venganza de Rotonda
hacia CCOO y hacia mi compañero Fernando, encontrándome yo en medio.
Podía
el juez haber considerado cualquiera de esos argumentos para darme la
razón. Al fin y al cabo, pensaba yo, la justicia siempre se impone.
¡Cuánto me equivoqué! En menos de veinticuatro horas (lo que hacía
suponer que el juez no había leído la montaña de pruebas presentadas),
ya había dictada una sentencia (¿alguien habló
alguna vez del retraso en la justicia"). Contra todo pronóstico, el
juez declaraba como procedente el despido. Entre otras perlas, decía
que algunos de los argumentos de mi defensa hacían suponer que era
factible por ejemplo que, siendo las claves de usuario públicas (esto
lo declaraba como hecho probado), cualquiera pudo hacerlo, pero que
le resultaba inverosímil. Fue un jarro de agua fría que nunca olvidaré,
una bofetada en toda regla, la sensación de que al final el pez gordo
se comía al pequeño y que la justicia, si se ponía una venda en los
ojos, tan sólo era para no sufrir siendo testigo de toda aquella injusticia.
Me acuerdo de la reacción de Rafa Domínguez, secretario de comercio
de CCOO y que tanto me había apoyado: "Esto huele a que ha habido
manteca por debajo de la mesa".
Ya
sólo me quedaba volver a casa, seguir haciendo mi vida. De cualquier
manera, tenía un empleo en el cual me sentía (y siento) realizado,
y aquí es donde me tenía que centrar. Mi desánimo y mis brazos bajados
me duraron un par de días, los suficientes para pensar: vale, yo seguiré
haciendo mi vida, pero esto no se quedará aquí, llegaré hasta donde
haga falta hasta que alguien en sentencia firme me dé la razón. Evidentemente
se presentó el recurso, a sabiendas de que esto ya sería lento y podía
tardar un año, tiempo en el que aún me encuentro.
Así
que seguí dedicándome a lo mío. Pasaban los días y todo me iba bien,
aunque la espinita, por supuesto, la sentía clavada dentro de mí.
Lo peor de haber sufrido la injusticia es tener la sensación de que
uno se habitúa a ella y no la puede evitar. Había sufrido dos veces
una situación injusta: el despido y la sentencia perdida, pero nunca
sospeché que aún me esperaba una tercera y aún más dolorosa.
Meses más tarde, recibí una carta de un juzgado de Tres Cuñadas citándome
a declarar como imputado por unos presuntos delitos de falsedad y estafa.
A ello acompañaba una denuncia (no era contra mí) de una señora que
reclamaba acerca de un seguro que le habían dado de alta y cobrado"
¡dos meses más tarde que a mí me hubieran despedido! Además entre
los denunciantes aparecía Rotonda, de nuevo enseñando las garras y
empeñado en no dejarme descansar. No les bastaba con haberme hundido
y humillado, ¿qué más querían"
Mis
sentimientos de impotencia se disparaban por las nubes, a veces incluso
atacaban mi propia autoestima. Ya no se trataba de discernir sobre
si un despido era procedente o no. Ahora estábamos hablando de juicios,
de antecedentes penales, de cárcel. Y todo por haber hecho mi trabajo
lo mejor posible y siempre con honradez.
Al
tratar con mi abogado, me lo explicó muy claramente: había tres denuncias
(ninguna contra mí) que la jueza había unificado en una sola causa.
Entre ellas, la de Rotonda contra Fernando. ¿Y por qué estaba yo allí"
La investigación había relacionado la última denuncia con los despidos
de meses atrás, a pesar de que éstos fueron anteriores a los hechos
que la última señora denunciaba. Desde luego, de encontrarse entre
nosotros, Kafka hubiera encontrado un excelente material. Su obra
El proceso se hubiera quedado corta para lo que me estaba sucediendo.
Me sentía la reencarnación de Josef K. cuando éste intenta sin éxito
saber de qué se le acusa y la justicia no es más que una pesadilla
que nunca le tiende la mano.
Llegó
el día de la declaración. El abogado de Rotonda tuvo la oportunidad
de ampliar la querella contra mí, pero dijo que no era su intención.
Le dije a la jueza que no tenía ninguna relación con las denuncias
que allí se presentaban, que era totalmente inocente. Tampoco me enseñó
ninguna prueba o documento contra mí. A pesar de eso, unos días
más tarde, me notificó la apertura de juicio oral contra Fernando
y contra mí. Parecía muy claro que la decisión estaba tomada de antemano
y que aquella declaración no era más que un simple trámite para que
yo siguiera como imputado a pesar de
que nadie me hubiera denunciado.
Y
en esta situación me encuentro actualmente, con la sensación de que
ya cualquier imprevisto puede ocurrir. ¿Qué otro pensamiento puedo
tener" Después de todo lo sucedido y que he ido narrando en estas páginas,
mi desconfianza por la justicia me hace tener esta visión. Me encuentro
esperando la resolución de dos recursos: uno laboral por el despido,
otro penal por la imputación. Siempre queda, por supuesto, la parte
positiva de esta pesadilla: por momentos pienso que todo esto, por muy
doloroso que haya sido, me ha servido para salir de Rotonda y encontrar
un nuevo empleo en el que me siento muy satisfecho y útil a la sociedad,
y por el que por primera vez han valorado la formación que durante
muchos años realicé. Seguramente, de no haber sido despedido, me habría
quedado estancado en aquella empresa, viendo cómo pasaban los años
sin aprovecharlos de lleno, sin sentirme realizado, así que puedo
decir que quizás este tormento, a pesar de
todo, ha sido lo mejor que me podía haber ocurrido y que casi hasta
me han hecho un gran favor por abrirme los ojos.
Las
ganas de pasar página me invaden, por más que tengo muy claro que
lo que he sufrido ni lo olvido ni lo perdono, y si no lo hago es
por mí y también por las personas más queridas que tengo y que han
compartido mis lágrimas sin merecerlo. Después de todo, podría apoderarme
el pensamiento de que ya no queda nada por hacer, pero justo es al contrario:
creo que nada está perdido, y algo en mi interior me dice que en el
último momento, la última palabra de la justicia
será para darme la razón, declararme inocente y reconocerme la honradez
que siempre me ha acompañado en la vida y en
el trabajo. Sin embargo, a veces, tiemblo recordando aquella sabia
frase de Quevedo que muchos años atrás leí y que no deja de asomarse
en mi vida: Donde hay poca justicia, es un peligro tener la razón.
(NOTA:
los hechos, diálogos y situaciones han ocurrido realmente y no han
faltado ni un ápice a la verdad; sin embargo, por motivos de seguridad,
han sido modificados nombres de personas, empresas y
organizaciones)
www.abusospatronales.es
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